jueves, 24 de enero de 2013

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Era una tarde oscura de verano, estaba sentada al borde de una fría y musgosa roca esperando a que llegaras. El suave viento me despeinaba el pelo largo y pelirrojo  Llegabas tarde, pero eso a mi no me importaba, llevaba esperándote un año y cuarenta días.  Por razones que aun desconozco tu espera fue en vano, fui inocente y te creí cuando me dijiste que volverías, que me rescatarías de este infierno y me llevarías a un mundo mejor, donde los sueños se hicieran realidad y pudiéramos estar eternamente juntos. Después de esperar tanto tiempo deje volar mi imaginación con aquellas preciosas vistas, pensando en ti y en lo mucho que te eche de menos. Cuando el sol se acostó y la noche ya cubría todos los recovecos de aquel verdoso y gran monte la melancolía inundo mi rostro, mi cuerpo, mi mente. No habías venido y yo me preguntaba el porque. Tras un mes de profundos llantos decidí partir en tu busca, para poder hablarte, tocarte, abrazarte, incluso besarte. Tras largos viajes, calurosas caminatas y fuertes hambres llegué a Bagdag. Al llegar a aquel oscuro y triste lugar encontré tu pequeña casa rodeada de arena y hierva seca. En la casa se podía distinguir la destrucción que había sufrido por las continuas bombas y ataques, pero ahí estaba tu hermano pequeño, sediento de agua y solo, sin nadie cerca y asustado, cuando me vio entrar me abrazo y con lagrimas en los ojos me beso las manos y me dijo que le salvara, que nos fuéramos de allí lo antes posible, y así lo hicimos. Nos escondimos en la orilla de un pequeño rió y comenzó a contar todo lo que os sucedió desde que tuviste que desaparecer de mi vida.

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