viernes, 13 de septiembre de 2013

La casa vacía

Conseguí deshacerme de mi recuerdo más valioso. Nunca habría llegado a pensar lo que aquella casa significó para mi. Ahora está vacía, oscura y solitaria, lo único que guarda son tristes recuerdos que progresivamente desaparecerán de este mundo.
Dirigiéndome hacia el coche, antes de entrar en él, no puede evitar dar media vuelta por última vez. Las lágrimas comenzaron a brotar de mis ojos y un intenso dolor decidió invadir mi cuerpo. Abrí el maletero del coche y cuidadosamente saqué una pequeña y antigua cajita de madera rebosante de inútiles objetos repletos de recuerdos. Tras subir las escaleras de la entrada crucé el umbral con mis ojos aún anegados en el más profundo llanto al ver como todos aquellos momentos vividos se desvanecían. Al bajar las escaleras llegué al húmedo pero acogedor sótano donde tantas tardes de invierno habíamos compartido. Al fondo del cuarto, donde anteriormente se encontraba mi angosta habitación, levanté unas carcomidas maderas e introduje mi caja, no sin antes volver a revistar todo lo que contenía. Me fue imposible desplomarme en el suelo y comenzar a recordar todas aquellas cosas que allí había guardado durante tantos años, recuerdos que ahora estoy enterrando.
Éramos una familia humilde y numerosa, mientras mis padres se dedicaba a trabajar en la granja con todos aquellos pestilentes animales, que a mi nunca me llegaron a gustar, mis cinco hermanos y yo hacíamos lo posible por ir al colegio, ya que disponíamos de poco dinero. Lo que más me gustaba de mi familia y la granja era que todas las tardes nos íbamos a buscar aventuras, a explorar lugares nuevos y divertidos. Yo siempre quise ser uno de esos intrépidos exploradores que recorren el mundo en busca de objetos nunca vistos. Lo único que rescaté de aquellas aventuras fue una pequeña y resquebrajada linterna que me recuerda al día que fuimos sorprendidos en una cueva por unos murciélagos horripilantes.
Otro de los objetos que guardaba era un soldadito de plomo, una pulsera rota y una caja de música muy antigua. Cuando mi madre empezó a enfermar fueron los únicos juguetes que me conseguían evadir de aquella desoladora realidad.
Por supuesto y de lo que más me dolía deshacerme, uno de mis bienes más preciados era un medallón familiar con nuestra foto. Por esa época aún éramos felices, justo antes de que mi madre cayera enferma. La foto fue el mismo día en el que nos mudamos. Yo era muy pequeño cuando pasó, pero recuerdo perfectamente el día en que decidimos crear nuestro grupo, el grupo de los exploradores y volvimos a casa recubiertos de barro.
Al fallecer mi madre todo lo que hasta entonces conocíamos cambió, mi sueño de convertirnos en exploradores se marchó junto a ella. Mi padre invadido por la tristeza nos obligó a trabajar con él y con el tiempo dejamos de hablar entre nosotros y nos volvimos unos egoístas y solitarios. Nunca lo habría pensado pero la muerte de nuestra madre nos afectó más de lo que nunca ninguno de vosotros habríamos pensado. A los pocos años de la tragedia mi padre que cada vez más débil y murió. Esa promesa de juntos para siempre y nada nos separará nunca se cumplió y poco a poco nos fuimos alejando de la casa. Yo, el hermano pequeño he sido el último. He perdido toda relación con mis hermanos, no tengo familia ni amigos, lo único que tenía era la casa y ahora ni siquiera es mía.
Tras esconder la cajita salgo por la puerta trasera y me paro a contemplar la casa por última vez y regreso al coche. Veo como cada vez la casa se va alejando más y más, como mi vida se desvanece poco a poco, como mis recuerdos permanecen allí encerrados y me prometo a mi mismo regresar algún día para enseñar a mis hijos lo que hizo que me convirtiera en uno de los mayores exploradores de la historia.